El efecto de la cohabitación

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La creencia popular es que convivir sin casarse es la antesala a un matrimonio feliz porque ya la pareja se conoce. No obstante, hay parejas que conviven cinco, siete o diez años y cuando se casan, el matrimonio no dura ni un año. Muchos dicen que fue porque se casaron y “se rompió el encanto”. De acuerdo con estudios de National Marriage Project de la Universidad de Virginia, el matrimonio está condenado al fracaso cuando las parejas conviven antes de casarse, por algo que llaman el “efecto de cohabitación”.

¿Por qué?
La decisión de cohabitar a veces se basa en que convivir y compartir gastos es más económico que vivir solo. Empezar una relación de pareja basándose en conveniencia o ambigüedad, hace sentir inseguras a las personas sobre si el otro es la persona a quien ama o habría escogido bajo otras circunstancias.

Las parejas se deslizan hacia la convivencia; no la deciden. Cuando lo cuentan, suelen decir: “Solo ocurrió”. Salen mucho juntos, empiezan a pasar las noches o los fines de semana uno en casa del otro, y de repente uno se muda con el otro. Usualmente no tienen una conversación sobre por qué quieren convivir, lo que eso significa en la relación, cuáles son las expectativas de cada quien o si hay o no planes futuros. La relación continúa y, sin darse cuenta, se ponen ellos mismos en una situación de entrampamiento de la cual es muy difícil zafarse. Terminan casándose por las razones equivocadas.

Para las mujeres, convivir es un paso hacia el matrimonio; para los hombres, es una forma probar la relación y posponer el compromiso matrimonial. Cuando las expectativas y los niveles de compromiso no coinciden, la relación está condenada al fracaso. Si llegan a casarse, se siguen comportando con la misma disparidad de compromiso.

Los estándares de la mujer y especialmente del hombre para escoger a alguien con quien convivir son más bajos que los que tienen para su selección de esposo(a). Tal vez cualquiera de ellos se siente comprometido con la relación, pero no seguro de que conscientemente escogió al otro como pareja de vida. Si los estudiamos de cerca, muchos de ellos no escogerían para el matrimonio las personas con quienes conviven. Cuando se dan cuenta, aunque se hayan casado, acaban la relación.

Una vida de pareja basada en el “quizás” no se siente tan comprometida y dedicada como una vida de “Sí, quiero”.

La convivencia sin matrimonio es una conducta generalizada que no juzgo. Pero me pregunto a quién le conviene.

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