La carta completa de Monica Lewinsky

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MonicaLa ex pasante de la Casa Blanca publicó una carta en la revista estadounidense Vanity Fair, en la que cuenta su versión de la aventura con el entonces presidente Bill Clinton. “Qué se siente ser la reina del sexo oral en EEUU”, escribió para empezar su descargo.

Monica Lewinsky, la entonces becaria de la Casa Blanca a quien Bill Clinton -en 1998- eligió para engañar a su esposa, decidió contar su historia.

¿Por qué hablar ahora? Porque ya es hora de hacerlo. El año pasado cumplí 40 y es hora de dejar de caminar en puntas de pie alrededor de mi pasado y de los futuros de otras personas. Estoy determinada a darle un final diferente a mi historia. Finalmente he decidido asomar la cabeza desde atrás de la barandilla”.

Lewinsky buscó el anonimato durante los últimos diez años. Recientemente, envió una carta titulada “Vergüenza y supervivencia” a la revista Vanity Fair, que la publicó este jueves.
A continuación, la carta completa:

“¿Qué se siente ser la principal reina del sexo oral de los Estados Unidos?”

Era principios de 2001. Estaba sentada en el escenario de la Universidad Cooper Union en medio de la filmación de una sesión de preguntas y respuestas para un documental de HBO. Yo era el tema. Y estaba pasmada.

Cientos de personas en la audiencia, mayormente estudiantes, me estaban mirando, muchos boquiabiertos, preguntándose si me atrevería a responder la pregunta.

El principal motivo por el cual había aceptado participar en el programa no era para refritar o modificar la historia del “Interngate”, sino para intentar mover la atención a temas significativos. Muchas inquietantes preguntas políticas y judiciales habían salido a la luz por la investigación y el proceso del presidente Bill Clinton. Pero las más escandalosas habían sido generalmente ignoradas. La gente parecía indiferente ante los asuntos más profundos, como la erosión de la vida privada en la esfera pública, el balance de poder y la desigualdad de género en la política y los medios, y la erosión de las protecciones legales que aseguran que ni padres ni hijos tendrían que testificar contra el otro.

Qué inocente era.

Hubo jadeos y farfulleos de la audiencia. Muchas personas borrosas y sin rostro gritaron “¡No respondas!”.

“Es hiriente e insultante”, dije, tratando de recobrar mi agudeza. “Y por insultante que sea para mí, es más insultante para mi familia. Realmente no sé por qué esta historia se volvió sobre el sexo oral. No lo sé. Fue una relación mutua… El que lo haya hecho tal vez sea resultado de una sociedad dominada por los hombres”.

La audiencia rió. Tal vez estaban sorprendidos de escuchar esas palabras viniendo de mí.

Miré directamente al tipo sonriente que había hecho la pregunta. “Tal vez tú estés en una mejor posición para responder eso”. Luego de una pausa, agregué: “Eso probablemente me costó otro año de terapia”.

Podrían argumentar que aceptando participar en un documental de HBO llamado Monica en blanco y negro me había anotado para ser avergonzada y humillada públicamente otra vez. Podrían hasta pensar que me había acostumbrado a la humillación. Este encuentro en Cooper Union, después de todo, palideció en comparación con el Reporte Starr de 445 páginas, que fue la culminación de una investigación de cuatro años del consejero independiente Kenneth Starr sobre Clinton en la Casa Blanca. Incluía un capítulo y versículos sobre mis actividades sexuales íntimas, junto con transcripciones de grabaciones de audio que registraban muchas de mis conversaciones privadas. Pero la pregunta de “reina del sexo oral” -que fue incluida en el programa cuando fue transmitido por HBO en 2002- se quedó conmigo por un tiempo largo.

Es verdad, no era la primera vez que había sido estigmatizada por mi aventura con Bill Clinton. Pero nunca antes había sido confrontada tan directamente, de uno a uno, con una caracterización tan grosera. Una de las consecuencias no intencionadas de aceptar ponerme a la vista y tratar de contar la verdad había sido que la vergüenza sería otra vez puesta alrededor de mi cuello como una A escarlata. Créanme, una vez que uno la tiene, es muy difícil sacársela.

Si ese momento incómodo en Cooper Union hubiera sido transmitido unos años más tarde, con el advenimiento de los medios sociales, la humillación habría sido aún más devastadora. Ese clip se habría vuelto viral en Twitter, YouTube, Facebook, TMZ, Gawker. Habría sido un meme en Tumblr. La viralidad misma habría merecido mención en el Daily Beast y el Huffington Post. Así como era, ya era lo suficiente viral y, gracias a la naturaleza abarcadora de la Web, podrías, 12 años después, verlo todo el día en YouTube si quisieras (y espero que tengas cosas mejores que hacer con tu tiempo).

Sé que no estoy sola en lo que respecta a la humillación pública. Nadie, parece, puede escapar a la mirada imperdonable de internet, donde el chisme, las medias verdades y las mentiras se arraigan y amargan. Hemos creado, para tomar prestado un término del historiador Niculaus Mills, una “cultura de la humillación”, que no sólo alienta y se deleita en el placer de la humillación ajena, sino que también recompensa a aquellos que humillan a otros, desde los paparazzis hasta los blogueros de chismes, comediantes nocturnos y “emprendedores” de la web que lucran con videos clandestinos.

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